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Evolución de la tiranía: Desde "el estado soy yo" hasta "yo soy el pueblo"














Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















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Luis XIV (sobre el cual residía la soberanía, como gobernante absoluto por derecho divino) no entendió que solo podría ejercer su soberanía por medio de la maquinaría humana, institucional y jurídica del estado. Pero que dicha maquinaria podía poner limites al poder real del soberano, y por ello dijo "el estado soy yo", que es tanto como decir: Mi mano no tiene el derecho de no cumplir mi cambiante voluntad.

La revolución Francesa traslada la soberanía, del rey al pueblo. El pueblo, que en principio somos todos, sólo puede decidir por mayoría. Así, la soberanía, que reside en todos, la ejerce únicamente la mayoría. La mayoría puede entonces sojuzgar la minoría hasta el grado de negarle la condición humana. Ha sucedido y sucede. Y la minoría, de tener el poder necesario, puede responder sojuzgar la mayoría en los mismos términos. Ha sucedido y sucede. La democracia entonces, puede ser otra forma de tiranía.

Hugo Chávez pone vallas por toda Venezuela que dicen "Chávez es el pueblo". Tanto como que el ciudadano presidente diga "yo soy el pueblo". Es lo mismo que pensaban, cada cual en sus particulares circunstancias, Adolfo Hitler, y Luis XIV. Solo que Hitler y Luis XIV ejercieron realmente el poder soberano... y Chávez no superó las barreras que se lo impiden... Por ahora.

Para evitar la tiranía hay que limitar el poder de instituciones que tienden ha instaurar toda clase de tiranías. Los derechos individuales deben privar sobre cualquier colectivo. Así, la minoría de uno, no puede ser tiranizada por nadie. De tal suerte, necesitamos usar al estado, no para instaurar tiranías, como ha sido su función histórica innegable, sino para evitar la posibilidad misma de la tiranía.

Pudiéramos elegir un rey absoluto como Luis XIV, y elegir su reemplazo cuando muriese, en libres y populares comicios. El sistema nazi, de no haber sido barrido por la derrota militar que sufrió, posiblemente habría enfrentado así el eventual problema de la mortalidad del caudillo. Sería perfectamente democrático, y absolutamente tiránico. Para evitar eso, que no es la perversión, sino la naturaleza de la democracia, es que hay que limitar el poder, sin importar cual sea su origen. Y es importante empezar, ya que en Venezuela tenemos 45 años acercándonos peligrosamente más y más hacia tal democrática barbaridad.

La democrácia ilimitada es el voto de dos violadores contra el de una victima, sólo eso. 

"El proceso" que vivimos es parte del pasado, ya que la revolución no es más que la cuarta república a la quinta potencia.

Por eso, y porque aquello de que sólo el poder detiene al poder, (un excelente resumen gringo de la idea de Montesquieu) la separación y el balance de poderes. La forma de evitar la tiranía tiene que pasar por la creación de poderes independientes y balanceados. En la revolución venezolana se crean nuevos "poderes" que cada día funcionan más como dependencias del Ejecutivo. Pero para colmo de males, la verdad es que la separación de tres poderes clásica ciertamente ha demostrado ser insuficiente.

En la revolución chavista lo que se hace es reconcentrar el viejo caldo de la cuarta republica. El caldo de las garantía constitucionales suspendidas por décadas, del nombramiento partidista irresponsable de jueces, de los delitos de "lesa majestad" en una republica, que de ser tal, no tendría majestades algunas.

Es lógico que quienes manejaron el poder judicial como se les antojó, se angustien cuando ven que sus enemigos declarados, ahora en el poder, se aproximan al mismo tipo de "poder". Pero la disposición mental estatista de la mayoría de tales "lideres" les impide ver que aún más peligrosas que los jueces son la leyes. El nuevo proyecto de reforma del código penal trasforma en delitos penales gravísimos todo tipo de vagas referencias de cualquier forma de "amenaza o acto" "contra un funcionario público". Se penaliza el delito de recibir fondos para la actividad política que algún juez considere "conspirar", sin importar el objetivo de tales "conspiraciones". Ya el revolucionario ministro Capella, "declaró" claramente lo que la revolución entiende por "conspiración". Ejercer un derecho constitucional que pudiera traducirse en que "la revolución" pierda poder, es conspiración.

Así las cosas, el proyecto de código penal no tiene perdida. "cacerolear un funcionario público" podría ser penado con diez o hasta veinte años de cárcel, dependiendo de las agravantes. Cacerolear un ciudadano común, en cambio, no es delito. Acaso será una alteración del orden público. Podría yo burlarme de esto, haciendo una larga lista de los delitos que habría cometido el ciudadano presidente, contra otros funcionarios públicos opositores. Pero hay dos cosas claras, todo esto es la ampliación de la legislación servil de la cuarta república. Copia de la legislación servil del antiguo régimen, con la "lesa majestad". Y si estaba claro entonces para los jueces que la majestad es del soberano, y los delitos de los plebeyos. No estará menos claro para los jueces revolucionarios. Y lo que es peor. Igual de claro lo tienen quienes no critican mucho todos estos adefesios jurídicos e institucionales, porque sueñan un "quítate tu pa´ ponerme yo" que les permita utilizarlos contra quienes hoy los crean. La justicia "poética" no es  justicia, sólo es justa la norma que es igual para todos. Y de eso cada día tenemos menos. Necesitamos recuperar la igualdad ante la ley, porque es la única igualdad real, y eso... será sólo el principio.
















3erPolo

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