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El cuento, las cuentas y la verdad: De los derechos de hombre y el ciudadano













Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















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Entre el increíble asunto de un  Ministerio (que bien podría llamarse "de policía y tribunales") de la revolución, montando un espectáculo de discursos sobre "derechos humanos". La denuncia constante de una práctica oficial (y oficiosa) de su violación por presuntos funcionarios, presuntamente afectos a la revolución. Los discursos de los no menos presuntos defensores izquierdistas de tales derechos, en esa parte de la izquierda que se quedó en la parada (o fue bajada, más por el resto que su voluntad, en algún momento) del autobús de la revolución. La labor seria de las pocas instituciones que (con independencia de la orientación política de sus miembros) realmente trabajan por la defensa de los derechos humanos con alguna capacidad de apoyo al largo calvario de las victimas. Y la incalificable actitud del ministro, que desde las alturas del poder de una República en que propios y extraños coinciden en una desconfianza histórica de la independencia judicial, parece empeñado en la recurrente amenaza de demandar al que le critique. (1) Ahora lucen la ministeriales "baterías" enfiladas contra el presidente del Banco Venezolano de Crédito, quien además de negarse en eso de "atiborrar la caja" con unos papeles, que más de uno le saborea hoy como "bozal de caviar" (más fino, que que el bozal de arepa, pero igual de amargo) se empeña en expresar su opinión sobre el manejo de las finanzas públicas. García Mendoza luce hoy como el digno sucesor moral de Pérez Dupuy. Del ciudadano ministro, será mejor dejar para la imaginación del lector, como el sucesor moral de quien luce. 

Dejando como papel sanitario, desde la Constitución hasta su propio recontra-reformado reglamente interno, la bancada servil del Parlamento aprobó una "esperpéntica" Ley para el sometimiento del Tribunal Supremo por la voluntad del jéfe de la revolución. Pero ante los diferentes grados de indignación que produce todo esto, hay algunas cosas que es necesario aclarar sobre los derechos de cada ser humano, las obligaciones del Estado... y de quienes lo administran.

 

LOS DERECHOS DE TODOS

 

La revolución francesa, con sus grorias, luces, miserias, esperanzas, y también sus tiranías, nos legó la primera declaración de los "Derechos del Hombre y el Ciudadano". No fue la República bajo la tiranía de Robespierre muy respetuosa de ellos, pero quedó el concepto. Los seres humanos tenemos ciertos derechos inalienables, consustanciales con nuestra naturaleza de humanos, que están por encima del poder de cualquier autoridad. Las autoridades cometen un crimen cuando violan nuestros derechos.

Inicialmente podíamos resumir los derechos humanos en tres: La vida, la libertad y la propiedad. Autoridad alguna podía matar, encarcelar o confiscar, excepto para evitar un crimen contra otro ser humano. No contra el Estado, ni contra algún difuso o supuesto interés. Sino contra uno o varios seres humanos concretos, y/o sus concretas propiedades. Pero no se pierde la condición humana por el hecho de cometer falta, delito, o aún crimen, con lo que debemos ver el desarrollo de los derechos civiles en función sostener la presunción de inocencia, el derecho de no ser maltratado, torturado, etc. El derecho de un proceso legal comprensible, respetuoso, justo, con posibilidad de defensa asistida, y de confrontar al acusador. Todo ello, no es más que el sostener los derechos humanos de un acusado, ya que de no protegerse estos derechos, la simple acusación falsa, bastaría para criminalizar cualquier inocente. Cosa que ocurrió, ocurre, y ocurrirá, donde quiera que exista un sistema inquisitorial para sostener cualquier forma de tiranía.

Finalmente, llegamos hasta la concepción que aún el culpable es humano, equivocado o malvado, pero humano. Por lo que aún el castigo debe ser respetuoso de sus derechos básicos. Debe ser proporcional al delito y debe tender más hacia resarcir la victima que hacia cualquier otro fin. Se debe primero resarcir la victima, y luego proteger al resto de la sociedad, cuando se castiga el delito. Pero se debe hacer sin torturar ni destruir al criminal. La Cárcel no podrá ser jamás un buen lugar para estar. Ni será realmente capaz de regenerar al delincuente. Pero hay quien se ha regenerado por sí mismo, y los habrá siempre que se les permita lograrlo, no con algo basado en la mentira de trasladar culpas indiviales hacia "la sociedad", sino con un castigo, justo, proporcional y humano.

 

EL ESTADO CRIMINAL

 

Sólo el estado puede violar los derechos humanos, porque su única razón legitima para existir, es protegerlos. Cuando un particular destruye maliciosamente (en todo o en parte) la vida, la libertad o la propiedad, se trasforma en un criminal, sujeto de investigación, juicio y castigo. Pero el crimen, por terrible que sea, no es contrario al propósito y razón de la existencia del criminal. El propósito del criminal es su propia felicidad y prosperidad. Al buscarlas por medios ilícitos y perjudiciales para terceros, simplemente lo hace al riesgo de ser sometido al castigo. El propósito de una empresa es el lucro, el de una iglesia la difusión de una doctrina, pero el propósito de Estado, es la protección de las vidas y propiedades. Tiene el Estado el monopolio legal de la fuerza, la capacidad legal de matar, encarcelar y confiscar, pero sólo para proteger la vida, la libertad y la propiedad. Si lo hace sin esa razón, ha violado su razón de ser, y es por ello que habrá sido un crimen contra "los derechos humanos" mismos. El que un delincuente nos asalte será malo, pero el que nos asalte un policía es monstruoso. El mismo delito, cometido por un funcionario que se aprovecha del poder y los recursos que se le confiaron, para volverlos contra quienes se los confiaron, es digno de un castigo mayor que el del simple particular. Es eso, lo que explica la necesidad de la no prescripción, para tales casos.

 

SOBERANA TIRANIA

 

No pueden los serviles que defienden alguna forma de tiranía defender los derechos humanos. El Estado debe abstenerse de violarlos, en el proceso mismo de protegerlos. Cualquier forma de socialismo, por muy diluida y democrática que sea, implica el violar en algún grado el derecho de propiedad, de igualdad ante la ley, y de justicia, al pretender quitar a unos lo que legítimamente les pertenece, para darlo a otros que no lo han ganado decentemente. Los nacional socialistas y los comunistas nunca se preocuparon por eso. Coincidían plenamente en que los derechos de su particular "colectivo superior" estaban por encima de los de us enemigos, con lo que simplemente le negaban al enemigos la condición de humano. Siempre de hecho, y ocasionalmente incluso de derecho. Pero el resto de la izquierda con pretensiones "liberales" no podía simplemente negar los derechos del hombre y el ciudadano, como tampoco podía defenderlos. Para usar el Estado para robar, sojuzgar y "glebalizar"  la población, sosteniéndose en la voluntad de la mayoría, su propaganda requería mejores excusas. Inventaron unos derechos humanos "adicionales" que en la práctica se contraponen, oponen y destruyen, los derechos humanos originales, reales o naturales. Fueron primero con el cuento de los derechos sociales... y últimamente le han agregado los "ambiéntales". La verdad es que aparte de servir para acabar con los auténticos derechos humanos, el acrecentar el poder del estado, hasta darle los poderes "reales" del soberano del antiguo régimen, tampoco garantizan en la práctica los tales derechos colectivos.

 

Y SOBERANA ESTAFA

 

Las cuentas de ese cuento nunca cuadran, (2) ni tiene nunca estado alguno la capacidad de garantizar los tales "derechos" para todos. Pero tampoco hay forma de castigar al culpable por tal falta. Ya la revolución venezolana dejó clara en la jurisprudencia de su Tribunal Supremo, que los derechos sociales no son objeto de demanda judicial al Estado, por no garantizarlos, en la forma que ordena la Constitución y las Leyes. Supremo realismo revolucionario. Pero si es así, ¡y así es en efecto!. No existen los tales "derechos". Aún reconoce (de derecho al menos) la revolución la posibilidad de la demanda de la victima de asesinato, o secuestro por parte del propio Estado. Respecto de la propiedad, no hay que ilusionarse cuando la propia constitución revolucionaria, pone su vigencia como secundaria y graciosa concesión sólo posible tras la "vigencia" y superioridad de los "supuestos" derechos sociales, que su propia jurisprudencia reconoce como fantasmagóricas ensoñaciones inalcanzables. 

 

EL PECADO ORIGINAL

 

La clave está en un error lógico que se originó, también en la revolución francesa. El oponer la soberanía del pueblo contra la del rey. El rey, si es el soberano, es por definición un tirano, puede ser un tirano benevolente, pero no puede otorgar derechos "reales" sino simples privilegios, sujetos de desaparecer en cualquier momento y por cualquier razón (o sin razón alguna) por su "real" voluntad soberana. Si el pueblo, que somos todos, es el soberano, no puede haber tiranía, se razonó entonces. Pero como el pueblo, que somos todos, no puede en la práctica, ponerse de acuerdo en nada. Queda el ejercicio de su soberanía en manos de la mayoría, y la mayoría nos ha demostrado que puede ser tan tiránica como un solo individuo, o alguna minoría de ellos. (3) 

La mejor tradición jurídica  de la revolución americana, expresada tanto en la Constitución de los EE.UU. como el Decreto de Garantías del Mariscal Falcón, intenta limitar el poder del Estado colocando los derechos de cada hombre por encima de la supuesta soberanía de la mayoría. Aunque no pasó de un objetivo ideal que dejó el tema de la esclavitud, y otras formas de inhumana discriminación, intacto en sus inicios. Tal tradición jurídica representó la única aproximación realista al problema de eliminar la posibilidad misma de la tiranía.  Hoy podemos decir claramente que el sistema de división de poderes, la práctica  de pesos y contrapesos, junto con los derechos individuales expresados en garantías legales, han fracasado como barreras contra la posibilidad misma de la tiranía. Y han fracasado porque quien manipula la mayoría sigue siendo capaz de ejercer la tiranía, de diluir, mediatizar y finalmente desmontar tales salvaguardas. Lo logra hoy, inventando unos falsos derechos humanos, sociales, ambientales... o lo que sea. Para cuya vigencia y protección se usa el poder del estado para atacar, en lugar de proteger, la vida, la libertad y la propiedad del individuo.

 

LA NUEVA REVOLUCIÓN DE LA LIBERTAD

 

Necesitamos un nuevo y revolucionario modelo de organización de la República que para la mayoría luce hoy tan "febril", "impracticable" e incluso "inconveniente", como la división de poderes fue vista por la mayoría de los contemporáneos de Montesquieu. Un sistema en el que el individuo sea de hecho, y de derecho, el soberano absoluto de sí mismo. Limitado en el ejercicio de su soberanía únicamente por la soberanía de los demás individuos. Y en donde el Estado exista exclusivamente para la protección de la soberanía individual. Una república en que ni aún la mayoría sea capaz de establecer la tiranía es posible, pero llegar a ella pasa por entender que la única forma de no ser jamás tiranizados, es renunciar y renegar de la posibilidad de tiranizarar otros seres humanos. Ver la soberanía del individuo como principio rector nos permite entender que son los verdaderos derechos humanos, y que es contrabando servil para destruirlos. Y aunque no sea un simple artículo el espacio adecuado para explicarla, nos conduce hacia la disposición mental necesaria para entender la necesidad de organizar la Republica en una forma nunca antes ensayada. Pero eso, que nos garantizaría para todos y cada uno, el real Derecho de la Vida, Libertad y Propiedad. Eso... es sólo el principio.
















3erPolo

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