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Socialismo, fórmula 1: Paradójica felicidad mayoritaria en otra causa de la tragedia venezolana














Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















 
"El Socialismo es aquella doctrina que exige que el hombre no tenga derecho
a existir para su propio bienestar;
que su vida entera y su trabajo no le pertenezca a sí mismo, sino a la sociedad;
que la única justificación de su existencia sea servir a la sociedad
y que sea esa sociedad la que pueda disponer de él de la manera que le plazca
y en aras de lo que considere su tribu; es decir, para un bien colectivo"
Ayn Rand

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En estos días alguien muy cercano me comento alegremente por teléfono que Pastor Maldonado había ganado una carrera de fórmula uno.  Como nunca he tenido el menor interés en las carreras de autos, no sabía quién era el corredor, pero supuse que sería venezolano por el tono de la llamada, y en mi desinterés y desinformación completa en torno a tales competencias, le respondí: Que bien por él. Algo similar le ha de haber ocurrido a muchas otras personas y al igual que quien escribe se encontraron de pronto con la sorpresa de ver a tirios y troyanos discutiendo como punto transcendental de la política de un país del tercer mundo en pleno proceso de empobrecimiento socialista, inseguridad personal y jurídica, control de cambios y de precios fracasados y desesperanza apenas disimulada por la propaganda y el afortunado alto precio del petróleo ¡la importancia de la fórmula uno para Venezuela!

Las satisfacciones vicarias simplemente no me satisfacen. No me he sentido nunca parte del triunfo de otros por compartir con ellos nacionalidad. Me alegran los triunfos de personas cercanas, pero no me siento parte de ellos a menos que hubiera compartido el esfuerzo en algún grado. Por lo demás, los triunfos en la ciencia, tecnología, negocios, literatura y arte me impresionan exponencialmente más que cualquier éxito en el campo del deporte o la industria del entretenimiento.

Poco después, entre en conocimiento del milmillonario patrocinio de la petrolera estatal socialista PDVSA a la muy capitalista escudería en que compite el citado piloto. Me pareció absurdo y repugnante, pero obviamente muy rentable en votos e imagen para un gobierno socialista. Los gobiernos socialistas invierten lo que sea necesario en crear satisfacciones vicarias para sus súbditos, porque al mismo tiempo están impidiendo eficazmente que el común de las aquellos lleguen a alcanzar pequeños o medianos triunfos propios reales, y ocultar con desinformación y propaganda que son la causa de aquello no es suficiente, a menos que también se sustituya el vacio que se crea con alguna droga ideológica colectiva. La más efectiva es el triunfo vicario nacionalista, y el deporte es donde la relación costo-beneficio en imagen y votos para dictadores o demócratas socialistas ha demostrado ser más siempre rentable por ser más claramente capitalizable por ellos.

Eventualmente me sorprendió que muchas más personas de las que hubiera supuesto no celebraran como propio el triunfo ajeno, como el gobierno que lo financió aspiraba, pero tomé nota de que la gran mayoría de la población sí lo hacía. Como era de esperar. Ante ello, supuse que los políticos del gobierno lanzarían su esperable retahíla de insultos contra los críticos, especialmente cuando aquellos pusieran en evidencia las contradicciones del propio discurso oficial en tan específico deporte quinta esencialmente alto burgués, a fin de cuentas se trata de la versión actual del mismo espectáculo deportivo que pese a su imagen capitalista burguesa atrajo al nacionalsocialismo alemán y al fascismo italiano, por lo que simboliza a su vez en materia de superioridad tecnológica, ya que eran países en dónde se fabricaban realmente los automóviles que ganaban o no las carreras, pero fue rechazado y estigmatizado por el socialismo soviético y sus émulos que no le encontraban utilidad militar inmediata a esa tecnología, ni papel ideológico justificable en su modelo de satisfacciones vicarias a los autos de carreras y sus pilotos. También supuse que en un cálculo utilitario previsible la casi totalidad de los políticos de oposición se sumarian al coro de aplausos, pues quienes no querían aplaudir formaban parte de una minoría, que piensan que de todos modos les votará, mientras quienes sentían la felicidad de su dosis de triunfo vicario se alejarían de ellos si les decían la verdad.

Finalmente supe que el financiado solía hacer campaña política por su financista. Y que se espera que la haga nuevamente. Obvio, de eso  se trató, no de otra cosa. Que se use el dinero de todos en financiar la campaña política de quien está en el poder, es parte normal del socialismo, sea democrático o dictatorial.  Me esperaba también que algún político opositor, hábil y experimentado polemista de muy afilada pluma, asumiera en algún grado el riesgo de tomar partido por una minoría que además de no tan insignificante en número como se podía esperar, tiene razón,  citando cosas como el discurso de la estudiante chavista Osly Hernández en la Asamblea  Nacional en los conocidos eventos del 2007, pero sin llegar a criticar jamás el fondo del asunto. Es otro tipo de calculo que para quien lo hizo tiene sentido, y al medio interesarme en el asunto noté que el personaje adecuado al papel lo había asumido desde el primer momento; lo que no me esperaba era que algún otro político opositor sin demasiada experiencia decidiera decir la impopular verdad desnuda del fondo del asunto, y a su modo no muy completo uno al menos lo hizo, ni creí que un personaje que hasta ahora había desempeñado papeles secundarios mucho más decentes en ese campo, desde la trastienda terciaria de tales sectores se lanzara una filípica plena de resentimiento envidioso y pusilánime para responderle al segundo, aunque obviamente nunca al primero. Por el tema, el tono y el lenguaje, se entendería que intentó quitarle el trabajo al periodista Mario Silva. Pero supongo que es un adicto más defendiendo a gritos su derecho sagrado a la adicción sin que se le critique por pusilánime, y derecho a la autodestrucción tiene, pero a que no le critique por ello; pues eso ya no. Hay quién me comenta que más que adicción se trata de astucia en el estercolero, porque especula que se sienta capaz de cumplir el papel de ventilador de estiércol al servicio de un futuro gobierno, y me explica que quien en un momento tuvo talento para defender, con razonable efectividad, verdades poco conocidas contra una campaña oficial gigantesca de mentiras mil veces repetidas, pudiera también aspirar a poner ese mismo talento a cumplir el papel contrario, que para el poder socialista es siempre más necesario y mejor pagado, con lo que no dejaría de ser otro aspirante a politicastro arrimando la brasa a su propia sardina, mientras intenta montarse en el carro del triunfo vicario financiado desde el poder, triunfo entonces doblemente ajeno. Ojalá que sea la adicción y no lo otro, porque la adicción tiene cura, pero la pillería no.  Aunque todo eso es finalmente tan irrelevante como mis personales impresiones al respecto.

Porque lo relevante es que en un país que tiene déficit de cárceles, un sistema de justicia desarticulado en todo sentido, inseguridad personal y jurídica creciente, y el avance del abuso funcionarial en pleno ascenso efervescente “democratizado”, el que la mayoría de quienes se atreven a criticar el desperdicio del dinero de todos en tales patrocinios, tan populares como inútiles e irresponsables, e incluso –más importante y más impopular– a criticar la pusilanimidad mayoritaria de sentir falsamente propios los triunfos realmente ajenos; se olviden de esas autenticas funciones del Estado abandonadas en Venezuela y propongan otras igual de secundarias y populistas en sus cuentas alternativas de lo que se hubiera debido hacer con los cientos de millones de dólares del patrocinio, es la otra mitad de la tragedia venezolana.  Aquí, dedicar presupuesto a las actividades propias del Estado no es políticamente rentable y hacer lo contrario sí que lo es. Como lo que es políticamente rentable para gobierno y oposición es a su vez causa –por la mayoría, terca y voluntariosamente ignorada– de la destrucción material y moral del país, esta última seguirá rampante, mande quien mande, a mayor o menor velocidad relativa acaso, hasta que la mayoría de la sociedad no se desintoxique de la droga de las satisfacciones vicarias. Entre otras cosas.

Lo extraño no es que casi todos los políticos, de gobierno y oposición, calcularon hipócrita y pusilánimemente su propio interés político ante un país que necesita desesperadamente empezar a entender la realidad de sus fracasos y desprenderse de la droga de los triunfos vicarios, algunos incluso pudieran ser a su vez tan adictos a esa droga como los votantes a los que intentan alagar, y esos no entenderán el problema de fondo sin desintoxicarse dolorosamente primero. El verdadero problema es que es rentable políticamente para el gobierno, por sobre todo, pero también para una “clase política” completa, incluidos los que aspiran a sustituirlo sin cambiar demasiado las cosas, que la gente disfrute triunfos ajenos muy notorios como  cortesía del  socialismo petrolero, y se olvide de momento de sus constantes fracasos personales sin llegar a entender jamás que son, en buena parte pero no exclusivamente, cortesía del mismo proveedor.
















3erPolo

     
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