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Economía y política: Causas de la recesión y mercenarios que las disfrazan














Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















Si podemos evitar que el gobierno malgaste la labor de la gente
bajo la pretensión de ayudarla, el pueblo será feliz.
Thomas Jefferson

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Es verdad que el mundo… o al menos una buena parte de él, está entrando en un período de recesión económica que pudiera ser muy severa –aunque eso aún está por verse– entre otras cosas porque coincide el momento con una evidente declinación del dólar de los EE.UU. como principal divisa internacional, nada nuevo en realidad pues ya se ha visto mucho tiempo atrás con la declinación de la libra esterlina de aquél mismo papel. El punto es que una recesión no es más que un ajuste inevitable de un periodo de crecimiento que se basó en gran parte en la inyección artificial de circulante sin respaldo por parte de los gobiernos. Los gobiernos hacen eso para aumentar su capacidad de gasto y el consecuente incremento de los precios que sigue al que se ponga en circulación mucho más dinero sin que previamente se incrementara la producción de bienes y servicios es algo que el común de las personas parecerían comprender… aunque en realidad no sea así. Pero el problema de fondo es que la inflación es un fenómeno mucho más complejo, insidioso y pernicioso que el simple y visible aumento de precios, porque el exceso de circulante permitirá casi siempre financiar por la vía del abaratamiento del capital nuevas inversiones que responderán a las oportunidades de demanda nueva creadas… pero, y es el gran pero, taleS oportunidades dependen de que se siga inyectando más y más circulante inorgánico, que seguirá impactando los precios y desviando las inversiones de capital hacia inversiones erróneas y especulaciones financieras no menos erróneas… eventualmente algo disparará las alarmas y la reducción de la demanda junto con la restricción del circulante –o de no restringirse con la desaparición del valor de la moneda en hiperinflaciones– no sólo detendrá la escalada de precios, sino que dejará a todas las inversiones y especulaciones sin demanda como perdidas netas de capital… con los consecuentes problemas humanos que la destrucción neta de capital produce en una sociedad.

 

Mientras más rápido y libremente se reorienten los recursos materiales y humanos más pronto y con menos sacrificios se saldrá de una recesión, y mientras más pronto se detenga la emisión inorgánica menos profunda será ésta… el mayor problema es que la enorme serie de regulaciones estatistas que entraban las economías del mundo que denominamos desarrollado impiden lo primero tanto como en el llamado sub-desarrollado. Y la tendencia de los gobiernos a estirar la arruga subsidiando mediante nuevas emisiones inorgánicas más y más a los capitales involucrados en malas inversiones y peores especulaciones impide lo segundo igualmente. Irónicamente es la intervención gubernamental irresponsable que impide al mercado libre operar la que causa y agarba las recesiones que muchos grandes beneficiarios financieros personales de ese estatismo denominas “fallas del mercado”.

 

Aunque la emisión inorgánica termine por producir serios problemas de solvencia en el sistemas financiero y por llevar a la quiebra las inversiones que a su amparo se realizaran, no deja de ser curioso como se la ha intentado revestir de un manto “científico” de seudo-legitimidad desde el primero tercio del siglo pasado, cuando tan sofisma interesado –y mil veces repetido bajo otros nuevos mantos– se inició con la irrupción del Keynesianismo que logró dotar de una justificación aparentemente científica tradicionales políticas fiscales, irracionales y empobrecedoras al mediano y largo plazo; pero capaces de producir resultados de aparente prosperidad en el corto plazo. Así se legitimó un tipo de política de gasto público inevitablemente deficitario, para la promoción artificiosa de actividades escasamente eficientes, con cargo a la hacienda pública, Política fiscal desesperada, que disfrazada de política monetaria novedosa, medida en términos de capital político resultó de bajo costo y alto impacto. El retraso de unas economías irremediablemente asfixiadas en el agravamiento recurrente de los estancamientos –que  se intentaba combatir– en los casos relativamente leves; y la destrucción del tejido económico, la descapitalización extrema y el empobrecimiento generalizado de las espantosas hiperinflaciones, es lo que ha dejado la aplicación de la Teoría General, en la formulación de políticas públicas. Sin dejar de lado que dichas políticas en realidad se pueden documentar, con detalle, –junto con sus funestas consecuencias– al menos desde el imperio romano. Pero la diferencia notable será que antes del Keynesianismo, se habían considerado siempre vicios del gobernante. Ya en 1609, Juan de Mariana calificaba de tirano al gobernante que aplicara tales políticas, como explica Jesús Huerta de Soto:

“...obra esencial de Mariana es la publicada en el 1609 con el título De monetae mutatione, posteriormente traducida al castellano con el título de Tratado sobre el discurso de la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla y de algunos desórdenes y abusos. En este notable trabajo Mariana considera tirano a todo gobernante que devalúe el contenido de metal de la moneda, imponiendo a los ciudadanos sin su consentimiento el odioso impuesto inflacionario o la creación de privilegios y monopolios fiscales. Mariana también critica el establecimiento de precios máximos para “luchar contra la inflación” y propone la reducción del gasto público como principal medida de política económica para equilibrar el presupuesto.”

Y es sólo a partir de Keynes que se las dota de una teoría económica que más que justificarlas, las legitima, al punto de recomendarlas. El keynesianismo adoptó las premisas deterministas del marxismo sobre las crisis cíclicas del capitalismo. Mismas que en realidad originaban las manipulaciones monetarias y agravaba la deficiente –en el sentido de inadecuada, aunque no necesariamente de poco fuerte– institucionalidad. Y recetó la causa de la enfermedad como tratamiento. Y en cierto sentido lo hizo así porque consideró la enfermedad incurable. El problema no está tanto en las deficiencias científicas del Keynesianismo, como en los incentivos políticos para adoptarlo y defenderlo que naturalmente tenían gobernantes y académicos. No se le escaparon a Lenin –ya  para 1920– los beneficios que de las ideas de Keynes obtendría el movimiento comunista internacional en general; y la Unión Soviética en particular:

“Keynes declara que los ingleses, para proteger su vida, para salvar la economía inglesa, deben conseguir ¡que entre Alemania y Rusia se reanuden las relaciones comerciales libres! Pero ¿cómo conseguirlo? ¡Anulando todas las deudas, como lo propone él! Esta es una idea que no pertenece sólo al científico economista Keynes. Millones de personas llegan y llegarán a esta idea. Y millones de personas oyen declarar a los economistas burgueses que no hay más salida que la anulación de las deudas... Pienso que se debería enviar en nombre del Congreso de la Internacional Comunista un mensaje de agradecimiento a estos economistas que hacen agitación en favor del bolchevismo. Si, de una parte, la situación económica de las masas se ha hecho insoportable; si, de otra parte, en el seno de la ínfima minoría de los países vencedores omnipotentes se ha iniciado y se acelera la descomposición ilustrada por Keynes, realmente presenciamos la maduración de las dos condiciones de la revolución mundial.”

Ni a Keynes que sus teorías fueran poco compatibles con la democracia, al menos en la forma que aún la interpretaban –en su generalidad– los anglosajones en su tiempo, cuando en la introducción a la edición traducida al alemán de 1936 de su Teoría General, declaró que sus propuestas de política económica encajan mucho más en un Estado totalitario, como el nacionalsocialista alemán, que en uno como la Inglaterra de entonces; sobre la que, por lo demás expresó en la BBC en junio de 1936, al aclamar un libro apologista de la revolución soviética, en un momento en que ya se conocía la realidad sobre esta, desde las hambrunas y los genocidios a las torturas, y el terror político masivo –escrito con base a datos, tergiversados en unos casos, y completamente falsos en otros– de los propagandistas mercenarios, Sydney y Beatrice Webb:

“Los soviéticos están ocupados en el vasto empeño administrativo de hacer que funcionen de forma tranquila y exitosa, sobre un territorio tan extenso que ocupa una sexta parte de la superficie de la Tierra, toda una nueva serie de instituciones sociales y económicas. Los procedimientos siguen variando rápidamente para ajustarse a las nuevas experiencias. Estamos asistiendo al mayor grado de experimentalismo y empirismo jamás intentado por unos administradores desinteresados. En este sentido los Webbs con su libro nos han permitido contemplar la dirección en la que parecen moverse las cosas y hasta dónde han llegado de momento... ...El libro me deja con un fuerte deseo y anhelo de que nosotros en este país, sepamos descubrir cómo combinar una disposición ilimitada para experimentar cambios en nuestros modos y en nuestras instituciones políticas y económicas.”
 .

 

En realidad quienes ganan con el estatismo son unos pocos privilegiados y quienes pierden son las masas empobrecidas… y en presentar las causas del mal disfrazadas de soluciones han coincidido siempre los simpatizantes de cualquier socialismo –desde el autoproclamado amoral Lord Keynes al ex ministro y enriquecido empresario Petkoff Malec– pues el socialismo no es más que el estatismo llevado a sus últimas y más desastrosas consecuencias, y tales personajes o son beneficiarios inmediatos y evidentes del estatismo presente que desde ya a las masas ha empobrecido mucho…. O aspiran serlo con mucho más socialismo en formas aún más destructivas para las mayorías… o las dos cosas. http://grodriguezg.tripod.com
















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