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Intereses, política y guerra: El juego de la ruleta rusa














Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















Las guerras no son causadas porque se construyan armas.
Son causadas cuando un agresor cree que puede
alcanzar sus objetivos a un precio aceptable. 
Margaret Thatcher

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Los liberales son amantes de la paz, lo somos tanto que jamás ha ocurrido guerra alguna entre dos gobiernos que a los principios liberales dieran el mínimo respeto, y por ello nos preocupa mucho el que los gobiernos antiliberales que nos han tocado en suerte coqueteen con soluciones militares a problemas políticos. Eso es jugar a la ruleta rusa, pero el problema es que es que es un tipo de ruleta rusa en que los gobiernos tienen el dedo en el gatillo y sus pueblos el cañón del arma en la cabeza. El infausto recuerdo de lo que significó para la Argentina las obscuras motivaciones internas y el enorme error de cálculo internacional de los gobernantes que lanzaron sus tropas a las islas Malvinas es lo que me mueve a citar precisamente a Thatcher... y no a Videla, mal que le pese a quién al segundo prefiera.

Lo que está ocurriendo en estos días entre los gobiernos de Colombia, Ecuador y Venezuela podría, para bien de los pueblos de los tres países, terminar en el campo de la diplomacia y desvanecerse como los fuegos de artificios… no sin costo –que a fin de cuentas son mil-millonariamente costosos para el comercio internacional los tales impasses – pero mucho más costosa en una guerra, por corta y limitada que fuera. Pero también podría, esperemos que no sea el caso, llegar a salirse de control y tomar un camino muy diferente de resultados impredecibles.

El asunto se puede resumir, a la fecha, en que Colombia es un país que sufre una guerra civil desde hace algo más de medio siglo, en el que las complejidades y acumulaciones de odios y rencores de tan largo y enrevesado conflicto son enormes, pero a la fecha el asunto es que el grupo alzado en armas más numeroso son las llamadas FARC, que dicho grupo que es el que nos ocupa, se financia de la protección militar al negocio del narcotráfico, los secuestros y otras actividades mafiosas, con lo que sus tropas reciben sueldo regular y su capacidad financiera para adquirir armas y pertrechos, así como para lo demás que requiera, es tan grande como la de un Estado.

Y la razón de ello es que la desde hace mucho perdida "guerra a las drogas" en que se empeñan inútilmente los gobiernos de las naciones en que se concentra el mayor consumo –EE.UU. a  la cabeza– lo único que han logrado con dicha política es incrementar enormemente las ganancias de mafias y oficiales gubernamentales corruptos en toda la cadena internacional del ilegalizado trafico, nada diferente de lo que pasó cuando hacia las primeras décadas del siglo XX decidieran ilegalizar el licor en los EE.UU. haciendo inmensamente ricas a mafias y corruptos de entonces, hasta que reconocieran que las consecuencias negativas para individuos, familias y sociedad que traía el consumo en nada se habían  reducido, debiéndoles sumarse entonces las aún peores de la prohibición. La solución de entonces fue legalizar nuevamente aquella droga adictiva que es el licor, y la solución de hoy no sería otra. La legalización sería un golpe tan devastador en las finanzas de los grupos alzados en armas en Colombia, que todos los “planes Colombia” juntos no llegaría a acercársele… pero esos planes, así como la perdida guerra, son negocio para muchos que de tales crecidos presupuestos gubernamentales medran, tanto o más que para los mafiosos y corruptos.

Venezuela y Ecuador no están en guerra, ni civil ni internacional, pero sufren los efectos de la larga guerra colombiana en sus fronteras. Entre tales efectos está el que los irregulares crucen las fronteras, y que el ejercito de Colombia también lo haga para atacarlos. Agreguemos a eso que los actuales presidentes de Ecuador y Venezuela son  aliados políticos e ideológicos estrechos; y su vez enemigos políticos del de Colombia. Así como que ambos mandatarios se han manifestado, cada cual a su estilo, aliados políticos –y en cierto grado ideológicos– de las FARC. De tal alianza hasta ahora caudillo supremo del socialismo venezolano ha obtenido ciertos éxitos políticos internacionales, como fueron la liberación unilateral de rehenes, y algunos chascos mediáticos internacionales, como el caso del niño que se encontraba en un orfanato del gobierno colombiano.

Lo que ocurrió ahora, que es lo que pareciera ponernos al borde de una guerra absurda entre naciones sudamericanas, fue que las fuerzas militares de Colombia bombardearon y destruyeron un campamento de las FARC en territorio del Ecuador, y que en dicha acción murió el comandante que se había ocupado de las negociaciones que como facilitador iniciara el presidente de Venezuela y detuviera el de Colombia tras una inconsulta llamada del primero a un alto oficial del ejercito Colombiano.

La reacción del gobierno del Ecuador en contra de la incursión es lógica y compresible, las acusaciones del de Colombia en torno a la presunta oficiosa protección a la FARC en Ecuador no lo son menos. Lo que no se entiende tan facilmente es la destemplada reacción del presidente Venezolano en éste caso, más agresiva que la del gobierno ecuatoriano. ¿Por qué reaccionó así Hugo Chávez? De especular, podría especular mil respuestas, pues desmedida y sorprendente es la reacción de quien rompe relaciones diplomáticas y ordena públicamente movilizaciones de tropas cuando la soberanía de Venezuela, en este caso, en nada a sido afectada… la más probable respuesta es que apuesta el presidente de Venezuela, a lo mismo que el de Ecuador, y fuera de su guerra civil el de Colombia, que entre los tres países no habrá guerra alguna, y que la escalada en su enfrentamiento verbal con Bogota, a más de auto justificarse en su evidente simpatía por las FARC, le reportará buenos dividendos políticos internos a bajo costo… no más que las perdidas temporales por la interrupción inmediata y potencial disminución posterior del comercio binacional, cosa que a un socialista como él, al final poco le importa.

Pudiera o no equivocarse en sus cálculos internos… eso no es tan importante. Lo importante es que no han sido pocas las guerras de verdad que han comenzado a la largo de la historia cuando los juegos de la ruleta rusa internacional, del tipo que cada vez más se aficiona a jugar el presidente de Venezuela –y al que no parece mucho menos aficionado el de Colombia– y no se aún si el de Ecuador.

El problema es que el gobierno de Caracas está empeñado en mantener un enfrentamiento con el de Washington del que cercano aliado se ha hecho el de Bogotá. Es en ese contexto de enfrentamiento con Washington que deben evaluarse las reacciones del gobierno venezolano, y es en ese contexto que son más peligrosas de lo que parecen para Venezuela. Fidel Castro en su momento jugó a eso, con la segunda potencia militar del mundo cubriéndole las espaldas… Hugo Chávez está jugando el mismo juego con las espaldas descubiertas… eso no es valor sino temeridad. Además, si el juego del primero se está saldando a un enorme costo en destrucción material y moral para el empobrecido pueblo cubano… el del segundo no sabemos lo que nos pueda costar a los venezolanos de llegar a salirse de control… cosa que ocurre con enorme facilidad cuando a los políticos les da por jugar a esta ruleta rusa de coquetear con la obscura y traicionera deidad de la guerra.

Tres grandes mentiras a los pueblos hay en todo esto, y las estafas de los gobernantes no merecen saldarse con la sangre de otros- que hay que ver con cuidado:

 

  • La primera es descomunal mentira de la perdida Guerra a las Drogas, que se cruza con los gigantescos presupuestos de cosas como El Plan Colombia, resultando un gran negocio para mafiosos, guerrilleros, corruptos y burócratas que ven acrecentarse su poder y presupuesto a costa de la sangre y el sufrimiento de las victimas. 
  • La segunda es la estafa de unos tratados de libre comercio promovidos por el gobierno de los EE.UU. que de libre tienen sólo el nombre, pues no son más que tratados de comercio administrado y regulado mediante cuotas, permisos y privilegios por las respectivas burocracias… negocio politiquero en que los intereses particulares se sirve y se dan el vuelto bien protegidos de la competencia abierta y a costa del consumidor y el contribuyente de aquí y de allá. Eso, una estafa casi tan grade como la anterior no merece defensa alguna. Y eso, se entrecruza con el asunto que tratamos por la curiosa razón de que los políticos de aquí y de allá no da “puntada sin dedal” aunque no note a simple vista cual es el dedal que les cubre el dedo.
  • La tercera es la respuesta de Caracas a lo anterior, la gigantesca estafa de un ALBA –que de eso y no de otra cosa habla el gobierno venezolano cuando menciona la integración sudamericana, a la cual considera atacada cuando se bombardea un campamento de la FARC por el gobierno contra la que aquella está en guerra– que no representa ni más libertad, ni más comercio, sino más poder para políticos y burócratas, y más privilegios para sus amigotes respectivos… lo que es más, y mucho más, de la misma receta que ha sido la causa de la secular pobreza de nuestros pueblos. Todo eso no merece ni una gota de sangre porque no es más que otra estafa.

 

Pero, el que un pueblo no deseé una guerra nunca ha sido suficiente para evitar que los errores de su gobierno le obliguen a sufrirla… y eso deberían recordarlo hoy  los pueblos y los gobiernos de Ecuador, Colombia y Venezuela, si bien a los Venezolanos nos atañe primero y principalmente el nuestro.
















3erPolo

 
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