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Mañana, como ayer y hoy: Tendremos el gobierno que merezcamos














Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo
se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo.  
Freédéric Bastiat

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En democracia el poder se sostiene en la voluntad de la mayoría, y ésta se transforma con frecuencia en la más criminal tiranía contra la minoría –la inversión de papeles es una de las causas más comunes de ello, tanto cuando es real como cuando es mítica– porque en última instancia el ser humano busca aquello que le produce el goce y el disfrute y repele lo que le causa desdicha y el esfuerzo, pero inevitablemente el goce y el disfrute requieren del trabajo esforzado, con lo que la aspiración de lograr el máximo de resultados con el mínimo de esfuerzo, que es tanto como decir, el máximo de disfrute con el mínimo de trabajo, es la que mueve la inventiva y genera la eficiencia; pero eso de ser eficiente es, de por sí, el esfuerzo que más repele el común de los hombres. Queda pues como única alternativa  cargar el esfuerzo sobre unos y el goce sobre otros, que es lo que hacen las tiranías de todos los tiempos en mayor o menor grado. Explicando ésto en su tiempo –el siglo antepasado– el gran economista francés Bastiat sostenía que: “Cuando los soldados victoriosos reducen a los vencidos a la esclavitud, han sido bárbaros, pero no han sido absurdos” absurdo explicaría él, es un pueblo que crea que el pillaje reciproco es menos pillaje por ser reciproco, y no lo es en absoluto si se ejecuta por ley y con orden mediante el poder del Estado. Pero tal absurdo creía el pueblo francés en tiempos de Bastiat, y tal creen hoy la mayoría de los pueblos del mundo, incluido el nuestro. Y por pueblo, me refiero simplemente a la inmensa mayoría de los habitantes, con total independencia de su condición social, pues dicha creencia falsa es tan frecuente en las capas altas, como medias y bajas, estando mucho más amplia y profundamente insertada –en Venezuela al menos– en las capas medias y altas que en las bajas.

 

Pretende la mayoría de los Venezolanos que se reduzcan su cargas y se incrementen sus frutos por la acción del Estado, y a diferencia de los individuos de otros pueblos que tienen claro que alguien lo tendrá que pagar, y simplemente pretenden que sea “otro” que tenga más que el que aspira a disfrutar lo ajeno, pero no que otros disfruten de lo suyo, el venezolano promedio tiene un mito adicional que atenúa aquel, y es el de la inconmensurable riqueza mítica del subsuelo. Venezuela es un país petrolero, y si en otras partes la irresponsabilidad de los votantes opta por la demagógica promesa de quitar a unos para dar a otros, creyendo que de ella obtendrán los beneficios y no las cargas, sin comprender que ello simplemente es imposible más que por un primer instante, en nuestro caso lo de la redistribución es simple complacencia con la envidia, ya que del reparto de la riqueza que se espera el descanso definitivo de las fatigas y la cornucopia de la felicidad en Venezuela, no es tanto de la de otros, como de la de propio Estado, dueño y señor de subsuelo petrolero, circunstancia que lo ha llevado a ser, sin demasiado aspaviento, dueño del algo así como el 80% del capital no residencial del país.

 

La pretensión del socialismo redistribuidor –moderado– de pechar a los ricos para aliviar a los pobres, termina pechando directa  indirectamente a los pobres mucho más que a los ricos, pues es simplemente imposible que un impuesto no sea un costo, todo costo se desplaza al precio, y todo intento de evitarlo por la fuerza del Estado termina en trasladarlo a un precio futuro, con lo que la redistribución acaso logra en algunos casos la hacer menos ricos a algunos ricos –y a otros, más cercanos al poder del Estado los hace mucho más ricos– pero no deja en ninguno de hacer, a la larga, más pobres a casi todos los pobres.

Y la pretensión del socialismo apropiador –radical– de apropiarse el Estado de todos o los principales medios de producción para manejarlos directamente y distribuir a su político arbitrio las cargas y las recompensas, lo único que ha producido en cada lugar que se ha intentado es miseria en proporción directa del grado de peso del Estado en la propiedad o el control –que también puede ser indirecto– de los medios de producción. Con lo que en democracia o dictadura, república o tiranía, no es posible para repartir lo que no se ha producido mas que quitar a unos para dar a otros. Que los unos no seguirán produciendo en dichas condiciones, a menos que se les obligue por la fuerza, es la razón de que en esclavitud, servidumbre –o condición similar disfrazada con algún nombre que incluya la palabra social o colectivo– la productividad del forzado se ínfima.

La combinación práctica de socialismo redistributivo con apropiador, por vías directas e indirectas, es lo que distinguió al socialismo venezolano que gobernó en el período puntofijista, y sigue distinguiendo al que gobierna hoy. Las diferencias son de acento y de estilo, no de fondo; como las diferencias entre la muy marxista socialdemocracia Latinoamérica de Haya de la Torre y el igualmente marxista leninismo de Castro, son de acento y de estilo, no de fondo. Que en el acento y estilo esté la línea entre la vida y la muerte, o la pobreza y la miseria, es otro asunto. Pero el asunto de este artículo es que tenemos en Venezuela a dos candidatos presidenciales –independientemente de cual y como gane– que sumarán la casi absoluta mayoría de los votos validos.

Cada uno promete distribuir la mítica riqueza del subsuelo, más y mejor que el otro. Y cada uno promete redistribuir la escasa riqueza que se medio produce fuera del Estado en un supuesto país “rico”, cuyo producto por habitante a duras penas alcanza los 6 mil dólares mientras el de los países realmente ricos –como Singapur o Luxemburgo– va de los 30 mil a los 80 mil dólares por habitante. Sí lo que tienen en común Chávez, Rosales y todos y cada uno de los presidentes electos en casi medio siglo, es la misma mentira y el mismo fracaso en diferentes versiones y grados. Nuestro problema como pueblo es que tuvimos, tenemos y tendremos el gobierno que nos merecemos. La solución sólo llegará cuando la mayoría de los ciudadanos comprenda realmente que: como no se puede repartir lo que no se produce, el costo del reparto termina recayendo sobre los supuestos beneficiarios, que serán siempre más pobres y más dependientes del poder de los políticos de turno... y que eso, y no otra cosa es lo que desean todos y cada uno de los demagogos que prometen repartir una riqueza que en realidad no existe hoy, como no existió nunca, ni existirá jamás, a menos que se empiece a producirla garantizando a cada cual la propiedad de lo suyo, y con ella, el fruto de sus esfuerzos. Pero en un país como el nuestro semejante revolución requiere retirar el capital productivo de las manos del Estado y ponerlo en las de la población, no porque dicha distribución amplia  igualitaria de tal propiedad nos fuera a hacer ricos, pues somos muchos y para tanto no alcanza, sino porque un pueblo pobre puede hacerse rico por su propio esfuerzo únicamente si no tiene la bota y la zanahoria de un Estado desmedido, encima y enfrente. Y eso, es sólo el principio.
















3erPolo

 
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