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Occidente, fe y razón: La civilización de la libertad y sus enemigos














Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















La libertad no es un medio para alcanzar un fin político más alto.
Es en sí misma el fin político más alto.
Lord Acton

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Es innegable que los más altos valores de la civilización occidental tienen entre sus fuentes históricas más importantes a la religión cristiana, y no es una paradoja  que dichos valores sean compartidos tanto por fieles de otras religiones como por ateos, pero si es un reflejo de sus milenarias fuentes el que frente a las poderosas corrientes anticristianas –ya más que anticlericales– que hoy son tan notorias en occidente; en medio del accidente y la tragedia la cabeza de la iglesia Católica se transformase circunstancialmente en un símbolo tan perfecto de esos valores, que por ello se le identificara como la personificación momentánea de la civilización occidental misma, y por ello también como el blanco perfecto del odio de los enemigos internos y exteriores de esta civilización nuestra. Tal cosa ocurrió porque el Papa Benedicto XVI dijo varias verdades objetivas indiscutibles en la reciente oportunidad en que fue invitado a dictar una magistral conferencia en una universidad de la cual fue profesor por muchos años. La más importante de dichas verdades objetivas, es que existe una poderosa tradición en el pensamiento teológico y filosófico occidental, en la que se entiende que Dios se nos revela a través de la razón (no es que sea la única forma, sino que es una de las formas y una especialmente importante) y que dicha tradición enlaza en occidente al pensamiento teológico cristiano con la filosofía griega clásica. De dicha tradición, el ilustre catedrático, filosofo y teólogo que hoy está a la cabeza de la Iglesia Católica Romana, presentó uno de sus más notables ejemplos, como es el rechazo teológico a la violencia como medio para diseminar la fe, que es para quien fe tiene, tanto como decir: el radical rechazo a la violencia como método para imponer la verdad. ¿Se utilizó la violencia como medio para imponer fe católica en el pasado, y dicha violencia fue instigada o refrendada por la misma Iglesia cuyo Papa nos dice hoy que ello es contrario a la doctrina cristiana? Pues sí. Y sin entrar a explicar el contexto histórico en que ello ocurrió, lo más importante hoy es que ya el Papa Juan Pablo II admitió y condenó dichos errores como cabeza de la Iglesia Católica. Es decir, la Iglesia ya había condenado sus propios errores pasados en dicha materia, en cruzadas, inquisición y conquista, llegando a pedir excusas no únicamente por la acción del pasado lejano, sino por la omisión de algunos católicos en el pasado reciente, cuando de genocidios criminales hablamos.  Una verdad que no dijo en su conferencia el Profesor Ratzinger, pero que no puedo dejar de mencionar, es que como profesor invitado de su vieja universidad, es que atacarlo por lo que diga en tal contexto es atacar la libertad de cátedra como institución. Mientras que como sacerdote, el atacarlo por lo que diga sobre la fe que predica, en cualquier contexto, es atacar la libertad de culto, como el atacarlo por decir lo que diga como ser humano libre, y respetuoso de la libertad de otros seres humanos, es atacar la libertad de expresión en si misma. También quiero destacar que que con total independencia de lo que cada cual piense de la iglesia que dirige, es una verdad innegable que como cabeza de la Iglesia Católica, Benedicto XVI tiene hoy autoridad moral para afirmar que la violencia es inadmisible como medio para propagar la fe.  ¿Qué fue pues lo que dijo el Papa en contra de la violencia religiosa, como para que la respuesta de quienes ofendidos se sintieron pasara por la quema de iglesias, el asesinato de una monja y las amenazas terroristas, de lo más granado del violento fanatismo religioso fundamentalista musulmán, apoyado y justificado por la exigencia de disculpas de gobernantes, políticos e intelectuales de lo más granado de la izquierda Europea?  Pues ni más ni menos que:

“Me acordé de todo esto cuando recientemente leí la parte editada por el profesor Theodore Khoury (Münster) del diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez durante el invierno del 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y la verdad de ambos. Fue probablemente el mismo emperador quien anotó, durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402, este diálogo.

De este modo se explica el que sus razonamientos son reportados con mucho más detalle que las respuestas del erudito persa. El diálogo afronta el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero necesariamente también en la relación entre las "tres Leyes" o tres órdenes de vida: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, Corán.

Quisiera tocar en esta conferencia un solo argumento --más que nada marginal en la estructura del diálogo-- que, en el contexto del tema "fe y razón" me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre este tema.

En el séptimo coloquio (controversia) editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la "yihad" (guerra santa). Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: "Ninguna constricción en las cosas de la fe". Es una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa.

Sin detenerse en los particulares, como la diferencia de trato entre los que poseen el "Libro" y los "incrédulos", de manera sorprendentemente brusca se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: "Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba".

El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. "Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo.

Por lo tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte...".

La afirmación decisiva en esta argumentación contra la conversión mediante la violencia es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El editor, Theodore Khoury, comenta que para el emperador, como buen bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es absolutamente trascendente.

Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a la de la racionalidad. En este contexto Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien revela que Ibh Hazn llega a decir que Dios no estaría condicionado ni siquiera por su misma palabra y que nada lo obligaría a revelarnos la verdad. Si fuese su voluntad, el hombre debería practicar incluso la idolatría.”

Posteriormente,  el estado Vaticano –a efectos diplomáticos la iglesia católica–  ha lamentado oficialmente que las palabras del Papa ofendieran los sentimientos religiosos de comunidades musulmanas, que es tanto como lamentar el haber ofendido involuntariamente los sentimientos ajenos, sin negar la verdad de lo dicho. Cosa última que es lo que en realidad desearían, más los autodeclarados amigos y aliados de los ofendidos, que los ofendidos mismos. El propio Papa ha declarado en el mismo sentido, hara lo que tenga que hacer, y es terrible en realidad lo que muy posiblemente se encontrará en la obligación de hacer sin desdecirse de la verdad teológica, como cabeza de una iglesia que se encuentra muy pobremente tolerada, bajo la discriminación legal y la cada día mayor persecución violenta de gobiernos y masas en la infinidad de países que fueron convertidos en musulmanes a sangre y fuego, y en los que la presencia de diversidad de iglesias cristianas es históricamente muy anterior al nacimiento del profeta Mohamet, tanto o más de lo que pobremente tolerada y prácticamente perseguida es ahí dónde aún rige el totalitarismo marxista. La triste verdad de todo esto, indiscutible verdad objetiva, es que es la violencia del fundamentalismo musulmán la causa, violencia de los que queman iglesias y asesinan religiosas, no menos que de los llamados musulmanes moderados que dejando la violencia en otras manos, han sido muy claros en que no pueden tolerar el ejercicio de la libertad de expresión en materia religiosa y exigen, en última instancia, que nadie exprese en lugar o forma alguna una opinión contraria de sus dogmas de fe. Lamentable, desagradable y aún “ofensiva” verdad es que quienes se han sentido ofendidos por el fondo, mucho más que por la forma, de las palabras de quien condenó la violencia como medio ilegitimo e inaceptable de la propagación de la fe, son los que tienen fe en la violencia para tales fines, porque ella forma parte integral de su propia fe.

Afirmar que las palabras del Papa son causa de la violencia, como lo fue afirmar que las viñetas de un diario danés sobre Mohamet lo fueran, es exactamente lo mismo que afirmar que la culpa de una violación la tiene la victima por “provocar” a los violadores. Es un seudo argumento despreciable de mentalidades tan primitivas como serviles, y tan voluntaria como voluntariosamente incivilizadas, no es cierto y afirmarlo es invertir las relaciones de causa efecto para justificar al criminal y criminalizar a la victima; lo que en cualquier caso es conceptualmente una monstruosidad inhumana. ¿Elijo el paralelo de una violación por puro efectismo emocional? Pues no en este caso. Lo elegí porque en un país musulmán tan “avanzado” como Pakistán se aprobó una ley según la cual la mujer que denuncie haber sido victima de una violación deberá presentar cuatro testigos varones a su favor o será condenada por el delito de adulterio, que en la Ley islámica se castiga con la pena de muerte. ¿Deduce de ello el lector las conclusiones prácticas? La triste verdad es que por mucho que admire uno la obra filosofía de un Abü-l-Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Muhammad Ibn Rusd, larguísimo nombre latinizado en el breve de Averroes,  y reconozca el enorme aporte de la civilización musulmana temprana en las ciencias y las artes sin el cual inimaginable sería las ciencias y las artes de Asia y Occidente, la circunstancia predominante en la civilización musulmana de hoy en la materia que trata este artículo, la de los derechos naturales inalienables del individuo, es equivalente en la orgullosa ostentación de su espantosa precariedad de la del occidente del lejano oscurantismo, o aún peor.

 

Y otra triste verdad es que del enfrentamiento entre los irreconciliables valores profundos del occidente y del Islam contemporáneo, lo que surge en un país tan tolerante como Holanda, donde el cineasta Theo Van Gogh hubiera podido, como en efecto lo hizo, ofender hasta la saciedad los sentimientos religiosos de los cristianos, católicos y protestantes con entera libertad y sin la menor represalia, fue que el realizar un serio y objetivo documental sobre el cruel maltrato de las mujeres musulmanas residentes en Holanda por sus padres y esposos, fuera la ocasión para que le asesinara un musulmán que se “sintió” ofendido. Se pudiera mencionar que algunos racistas fanáticos de cualquier nación occidental apaleasen, o aún asesinasen, algún residente o con-nacional musulmán, más por su piel obscura que por su religión, pero la diferencia está en que la inmensa mayoría de los musulmanes contemporáneos ven a cualquiera como el asesino de Van Gogh con un sentimiento que va de la admiración militante a la conmiseración justificadora, tal como ven a la victima con el más profundo y unánime desprecio, mientras la inmensa mayoría de los occidentales ven a los fanáticos racistas del contraste con profundo desprecio, con relativa independencia de lo que piensen de sus victimas. Y me refiero en occidente exclusivamente al ciudadano común, pues no faltaron entonces seres despreciables a todo lo largo y ancho de Holanda, de Europa y del resto del mundo que sin compartir la fe ofendida del criminal en cuestión, se encargaran desde el primer día de condenar a la victima y justificar al asesino; son los mismos que hoy condenan a Benedicto XVI, son los intelectuales y políticos socialistas de un occidente del que disfrutan desde la libertad hasta la prosperidad que desprecian y atacan profundamente, envidiosa y rencorosamente, en la seguridad y comodidad que les provee esa civilización cuyos cimientos intentan destruir. Son quienes tienen un odio tan irracional hacia la civilización occidental de la que forman parte, por ser está la más avanzada expresión de la evolución del orden espontáneo de la sociedad extensa que llamamos civilización –orden surgido de entre la razón y el instinto que permitió a la humanidad erigirse como la especie dominante del planeta y crecer en número y prosperidad de forma asombrosa en una evolución social que sigue su azaroso pero ascendente camino hoy tal como en la noche de los tiempos– son los que no sólo se solazan en la búsqueda del regreso a los valores de la horda primitiva, que garantizarían la desaparición del miles de millones de seres humanos, sino que en su fanático odio se sienten automáticamente amigos y aliados de todo lo que tengan por anti-occidental, y enemigos mortales de todo lo que tengan por occidental, para lo que se retractaran de hecho y con absoluta desvergüenza en aquellas consignas que declararon sus más intimas e irrenunciables convicciones... cada vez que su odio fanático así se los indique, al tiempo que declaran seguirlas defendiendo con los actos por los cuales las niegan. 

 

Lo lamentable no es que el Papa condene la violencia religiosa –que hoy el mundo identifica primaria y mayoritariamente con el Islam– es que a lo largo y ancho del mundo musulmán se de por respuesta, a sangre y fuego –literalmente– en el nombre de Dios, una notable muestra de dicha violencia. Lamentable, porque los que así actúan, con sus actos prueban que escuchar la verdad es lo que los “ofende” realmente. Se pensaría que para un país como el nuestro todo el asunto es tan triste como lejano y ajeno; y así hubiera sido en otros tiempos, pero ya no será así ni hoy ni mañana, porque el socialismo del siglo XXI decidió unir su suerte con la del fundamentalismo musulmán, tanto cuanto las circunstancias permitan a sus lideres en cada Nación occidental que caiga bajo su control, y entre las cabezas de ese neosocialismo está quien el gobierno de nuestra Nación encabeza. Gran caudillo indiscutido de sus huestes, que promete muy sinceramente a seguidores –y amenaza a sus contrarios– mantenerse personalmente en el poder por décadas, al tiempo que los más experimentados y organizados políticos del socialismo del siglo pasado, reducidos a la oposición se retiran del escenario electoral presidencial. Mientras los liberales, con razones diferentes de por medio, tenemos en las mismas por candidato a ninguno. La similitud –que no es igualdad– del diagnostico y de la línea política a que se llega desde tan contrapuntas doctrinas es un notable signo de los tiempos. Son tiempos obscuros los que nos toca enfrentar, y en ellos además del empeoramiento de la destrucción material y moral que ya había iniciado desde 1945 el socialismo del siglo XX en Venezuela, nos tropezamos con problemas que para una Nación como la nuestra deberían ser ajenos y distantes; pero ya no lo serán más. Y eso, como muchas otras cosas, es algo que deberemos enfrentar, sin prisa y sin pausa, hasta el día en que nos regresemos del camino equivocado en el que nos hemos empeñado por la mitad del siglo pasado y lo de este va, y tomemos de una vez y para siempre el rumbo a la prosperidad de una república liberal solidamente anclada en los más altos e indeclinables valores de la civilización occidental. Y eso, es sólo el principio.
















3erPolo

 
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