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Crímenes, política y politiquería














Guillermo Rodríguez G.





3erPolo
















La verdadera civilización está donde cada cual da a todos los demás
todos los derechos que reclama para sí mismo.
Robert G. Ingersoll.

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Venezuela reacciona ante espantosos crímenes que rebasan la capacidad de asombro y desencadenan la indignación de una población que protesta en las calles el vil asesinato de los secuestrados jóvenes hermanos Faddoul y el señor Rivas, su chofer. Esto ocurre tras pocos días de conocerse el espantoso secuestro, tortura y asesinato del empresario Filipo Sindoni. Y aún fresco en la memoria el terrible asesinato de estudiantes del barrio Kennedy. Debemos entender, recordar y reclamar que todos estos crímenes son síntomas horrendos de un mal generalizado que ha costado esas y otras muchas vidas igual de jóvenes, igual de trabajadoras e igual de productivas. Menciono estos tres crímenes, sin olvidar tantos otros, porque lo que todos los crímenes terribles tienen en común es la esperanza de impunidad que animaba a los criminales en la creciente inseguridad que sufrimos. No se trata de algunos terribles casos aislados, son muchas más las victimas de crímenes igual de terribles para un pueblo que pierde día a día su juventud, sus trabajadores y sus empresarios en los jóvenes asesinados en las calles sin que se sepa por que, ni por quién, en los trabajadores muertos en cualquier esquina, en cualquier atraco, y en el desangramiento de su empresarialidad con bodegueros, informales y microbuseros atracados y asesinados con espantosa frecuencia.

 

Quizás sea con los crímenes más emblemáticos que llegue el castigo para algunos delincuentes que muchos otros crímenes cometerían antes impunemente. Esperemos al menos eso. No es menos espantoso que unos oficiales de policía se dedicasen a la técnica nazi de ocupación, asesinando inocentes al azar como respuesta al asesinato de funcionarios por delincuentes, que el que delincuentes logren disfrazarse exitosamente de funcionarios policiales para secuestrar y asesinar, o el que fueran funcionarios corruptos trastocados en criminales. En medio de todo enerva que criminales con o sin placa –con el castigo esperamos la verdad en todos los casos– asesinaron vilmente un fotógrafo de prensa que hacia su trabajo

 

La violencia es hija de la impunidad, y la impunidad es hija del estatismo de ayer y hoy. Cada día tenemos más estatismo, y con ello, cada día tenemos más violencia, porque cada día tenemos más impunidad. El secuestro es un crimen terrible porque para los criminales organizados representa un mínimo de riesgo y un máximo de ganancia. Es por ello que la legislación debe ser tan severa con ese tipo de crimen, y más con sus agravantes, como eficiente la policía, justos y capaces los fiscales y jueces, además de apropiadas y suficientes las prisiones. La falta de recursos, la corrupción y la irresponsabilidad politiquera oportunista de tirios o troyanos no debe alejarnos de la realidad objetiva en esto.

 

Los liberales tenemos que rechazar la politiquería barata que intente “capitalizar” el dolor y la indignación. Y tan politiquero es el intento de calentar la calle para “otra cosa” desviando la legitima indignación pública que exige de las autoridades que tienen los monopolios de la violencia legal y la administración de justicia una respuesta. Como es el pretender colar una Ley de Policía Nacional, como respuesta a la violencia que es producto de las insuficiencias que el Estado Venezolano ha venido acumulando e incrementando por décadas. No es responsabilidad de todos, ni de la sociedad. Ni es por falta de coordinación policial. Es responsabilidad del Estado, de quienes lo manejaron ayer y de quienes lo manejan hoy es la responsabilidad de producir las condiciones para esto. De quienes lo manejan hoy es la responsabilidad de alcanzar soluciones verdaderas hoy.

 

Que hay corrupción e impunidad en cuerpos policiales, es obvio cuando hemos visto como han llegado diferentes policías, de diferentes cuerpos, a ponerse de acuerdo para transformarse en delincuentes organizados para los crímenes más terribles. Y que no hay suficientes jueces, suficientes fiscales, suficientes cárceles, no es algo que se solucionará aprovechando la oportunidad para crear un único cuerpo policial nacional manejado por el gobierno central. En tal escenario, las dificultades para la coordinación de la corrupción que hoy presenta el que sean muchas las policías desaparecerían. La facilidad de la corrupción aislada en pequeños cuerpos policiales aislados también. Es una suma 0. Despreciable politización es afirmar que una Ley de policía nacional resolvería algo por si sóla actualmente. Primero porque bajo un régimen socialista -del siglo XX o del XXI- tal Ley sería inevitablemente un instrumento de control político e ideológico. Y segundo porque un país federal, como supuestamente es Venezuela, lo que requiere es una Ley Nacional de Policías que ordene efectivamente el bochinche actual por la vía federal. Lo primero que necesitamos es una verdadera policía de policías. La cosa es que el problema policial es parte del problema integral de la seguridad -y no se solucionará con ley o reestructuración alguna sin solucionar el de los tribunales y las cárceles- pero más aún, sin solucionar el de las funciones del Estado, cuando la impunidad está en la falta de un Estado que se dedique efectivamente a sus funciones básicas e irrenunciables. Las funciones naturales del Estado son las represivas, ni más ni menos, y no las está cumpliendo porque está muy ocupado en cosas que no son su función.

 

Desde la cultura y las bellas artes, con cargo al presupuesto público, hasta las innumerables empresas del Estado, y los grandilocuentes gastos, adentro y afuera, para pretender el absurdo de construir un socialismo que en ningún siglo ha traído nada que no sea miseria, violencia y degradación material y moral de las sociedades que lo han intentado. En eso se gastan los recursos que se necesitan para seguridad y justicia. El crimen merece un castigo proporcional. Y debemos aprehender de la experiencia de países hermanos como México, lo que significa la impunidad, la corrupción y la falta de una tipificación adecuada de este tipo de delito y este tipo de agravantes que hoy nos espanta. Es un problema político, del que hay que excluir la politiquería, Es un problema de dolor humano del que hay que excluir el oportunismo de unos y otros. Y es un problema conceptual muy simple. Un Estado que se muestra evidentemente incapaz de cumplir sus funciones más elementales, la de policía, juez y carcelero, ni puede excusarse pretendiendo regalarle armas a los amigotes (que aún no estén armados) en unas presuntas “milicias” Barretistas politiqueras “ad honoren” (que nada tienen que ver con el maltratado, por nuestra legislación y jurisprudencia, derecho a la auto-defensa) ni menos darse el lujo de dedicarse a gastar tiempo y recursos en pende jadas mitómanas socialistas ¡a escala continental!. Y una sociedad espantada por la creciente inseguridad, no puede tragarse los cuentos de que una policía nacional centralizada -que no es lo mismo que una polícía de policías- es la mágica solución, cuando -en la forma que se pretende adelantar- no sería más que una agravamiento espantoso y potencialmente inmanejable de todos los males que estamos sufriendo en materia de seguridad y justicia. 
















3erPolo

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